Discurso

Buenos días a todos. Sé que soy lo único que se interpone entre ustedes y el almuerzo, así que prometo no abusar de esa posición, aunque sí aprovecharla un poco.

Quiero empezar por agradecer este reconocimiento, que me honra profundamente. Pero quiero ser honesto con ustedes desde el principio: lo que hoy se premia como una trayectoria individual, en realidad, nunca lo fue. Nada de lo que logré en mi camino profesional hubiera sido posible en solitario. Fue posible porque tuve jefes que creyeron cuando había que creer, que respaldaron decisiones difíciles antes de que el tiempo les diera la razón. Y fue posible porque tuve compañeros que compartieron los mismos valores, que entendieron que no basta con ejecutar bien una tarea si no se comparte el criterio de fondo sobre lo que está bien y lo que no. Ese es, en realidad, el verdadero premio: haber tenido la fortuna de trabajar rodeado de gente así. A ellos va mi gratitud, hoy y siempre.

Y como estamos entre colegas que entienden de qué hablo, permítanme ir un poco más allá del simple agradecimiento y compartir con ustedes, en pocos minutos, lo que esos años me enseñaron.

Esa alineación entre un líder que cree y un equipo que comparte valores no ocurre por accidente. No es espontánea, ni se sostiene sola con el tiempo. Ocurre, y perdura, cuando hay una guía clara detrás: lo que llamamos gobierno corporativo. Y permítanme decirlo sin rodeos, con la franqueza que se supone nos caracteriza: el gobierno corporativo no es otra cosa que una cultura de control, donde queda claro, desde el primer día, que no todo se vale. Digo esto porque en nuestro oficio conviene tener siempre presente una ley no escrita, que la experiencia confirma una y otra vez: si algo puede salir mal, saldrá mal; y si alguien puede fallar, en algún momento fallará. Esa certeza, lejos de ser pesimismo, es la base de toda prevención seria.

Por eso insisto en algo que quizás suene provocador en un congreso como este: los valores no son, en el fondo, reglas, ni manuales, ni códigos de ética cuidadosamente redactados. Son algo más simple y, al mismo tiempo, más exigente. Son las fórmulas sencillas de la vida cotidiana, esas que aprendimos mucho antes de conocer una norma de cumplimiento, y que deben estar en el ADN de nuestras organizaciones, en la malla misma de cómo trabajamos todos los días. Son la verdadera base de un buen gobierno corporativo, mucho antes que cualquier documento que lo formalice.

¿Qué significa esto en la práctica? Significa no dar jamás espacio a que se instale un conflicto de interés. Significa mantener una distancia clara y permanente entre los intereses de la empresa y los intereses personales, por pequeña que parezca la línea que los separa. Significa pulcritud absoluta en la rendición de cuentas, porque ahí se mide, más que en cualquier discurso, la calidad de una organización. Significa lealtad, sobre todo en las situaciones difíciles, que es precisamente cuando la lealtad se pone a prueba y donde vale algo. Significa anteponer la verdad a sus consecuencias, incluso cuando esa verdad incomoda. Significa franqueza, sin temor a represalias, porque una organización donde nadie se atreve a decir lo que piensa está condenada a repetir sus propios errores. Y significa, por supuesto, el cumplimiento de la ley a toda costa, sin excepciones que se justifiquen por resultados.

Sé también que muchos de ustedes viven a diario, en sus entidades, una tensión que no es teórica sino cotidiana: la tensión entre el cumplimiento y la gestión comercial. Esa tensión, en mi experiencia, se resuelve si tenemos siempre presente algo relativamente simple. Un cliente debe tener tres cosas: solvencia económica, solvencia moral, y una adecuada reciprocidad en la relación. Cuando alguna de esas tres falta, no hay negocio que compense el riesgo que se asume.

Y quisiera cerrar con una idea que, honestamente, me ha acompañado toda mi vida profesional: nunca seremos más hábiles que quienes buscan hacer el mal. Ellos innovan primero, y nosotros reaccionamos después. Por eso, lo único que verdaderamente nos protege no es la sofisticación de nuestros controles, sino la buena fe y la prudencia con que actuamos en cada negocio, en cada decisión, en cada día de trabajo.

Con esa convicción, y con profunda gratitud, recibo este reconocimiento.


Muchas gracias.